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¿Será difícil?

Tras el pequeño incidente, Teresa quedó perdidamente enamorada, no fue el carácter distraído ni la tartamudez del momento la que le hizo enamorarse, tampoco fue el canto optimista de la pordiosera en la estación del tren, fue solo la mirada que sostuvo con el joven por apenas un instante. Tras chocar entre sí, levantarse del piso, sacudirse las ropas y verificar que ambos estaban sin daños, lo único que él dijo fue “lo siento” y ruborizado, salió corriendo.
Los jefes de estación, que vieron la escena, salieron de su cubículo para preguntar a Teresa si se encontraba bien, ella solo asintió mientras veía al muchacho perderse en el tumulto. “Si fuese por mí, por el doctor y por mi madre, me iría corriendo tras él… pero llevo seis meses desempleada, no puedo posponer mi entrevista de hoy”.
El doctor era su casero, a quien le urgía que desocupara el departamento por atraso en los pagos. A su madre ya le urgía que se casara. A Teresa solo le urgía tener empleo… y enamorarse. Nunca había encontrado eso que ni ella misma sabía describir.
Por la noche pensó en regresar al día siguiente a la estación, a la misma hora y con la esperanza de encontrar nuevamente al joven. Apenas se su nombre: Fernando. Eso se leía en el bordado de su camisa. ¿Será difícil?, se preguntó. Un instante después quedó dormida y una lágrima alcanzó a salir de entre sus párpados.
No estaba loco

El creía que estaba loco. Creía que estaba loco porque estaban ocurriendo cosas extrañas. Olvidaba cosas, marcaba equivocadamente el teléfono cuando debía llamar a la oficina para pedir un dato. Creía que estaba loco porque su cabeza estaba trabajando a mil, a millón por hora pero dispersamente, creía que estaba loco porque en esa dispersión veía todo de colores, el cielo era azul número cinco, el sol era amarillo oro, las rosas eran rosa mexicano, las hojas del árbol marchito eran verde dólar y las monedas de su bolsillo le parecían la mejor colección numismática. Creía que estaba loco porque tenía extrañas visiones, se veía en un mundo salido de una película de Tim Burton. Y la música de esos días parecía tocada por la mismísima banda del Sargento Pimienta el día de la liberación de Pepperland. Y empezaba a temer. Pero no, no estaba loco. Se dió cuenta de que el número equivocado que marcaba era el de ella, siempre el de ella. Se dió cuenta de que los colores tenían otro significado, o mejor aún, las cosas tenían colores más vivos, la vida en sí. No, no estaba loco, no era una película de Tim Burton, simplemente estaba enamorado. En todo caso, estaba loco de amor, no todos los días le ocurría. Pero su doctora, aquella que recibía todas las llamadas equivocadas, le recordó que por su bien dejara de tomar Red Bull. Es que era hipocondriaco.











