Año nuevo, vieja voluntad
Quisiera no hablar del Año Nuevo, del Año Viejo, tampoco de lo que pasó o va a pasar, mucho menos de lo que “quisiera” que pasara, de repente me parecen temas muy gastados, o será que por mi parte, no debería ser necesario un 31 de diciembre, o un fin de año para reflexionar. Pero no se asusten, no vine a hacer gala de mi amargura, es solo que después de todo, de manera un tanto irónica de acuerdo a lo que van a leer, no puedo negar que fui influenciado para entrar en reflexiones, no muy altas quizás.
Como siempre y como pasó seguramente con todos, hubo cosas buenas, cosas malas, cosas mejores, cosas peores, cosas nuevas y cosas de siempre. No lo digo por sentirme o hacer sentir a alguien mas común que de costumbre, ni por hacer menos aquellas cosas que importaron o más aquellas que no importaron. Lo digo porque todos, salvo extremas excepciones, tenemos algo de común, algo de extraordinarios y ¿porqué no?, también algo extraordinario dentro de lo ordinario, tanto así que la mayoría de las veces no estamos para creer que esas cosas comunes, con las que vivimos todo el tiempo, pueden sorprender a alguien.
Cuando mi madre me pregunta qué me pasa, generalmente le respondo un: Me pasa lo que me tiene que pasar, supongo. No se enojen que no se lo digo a manera de grosería. Y es que a fin de cuentas, por mucho que me quieran contradecir, a todos nos sucede lo que nos tiene que pasar por la simple razón de vivir-existir con nuestras propias causas y consecuencias.
Todo lo digo así nomás y sin el deseo de meternos en honduras que para discusiones filosóficas nos acabamos este y todos los blogs del cybermundo, no por nada los filósofos han trabajado desde tiempos inmemoriales y lo seguirán haciendo; a lo que quiero llegar es solo que la cosa es mas o menos simple en esto del año nuevo y la reflexión y los cambios, porque desde mi punto de vista, lo que cambia para la gran mayoría sólo son números, los calendarios en las paredes, agendas y escritorios porque los días van a seguir siendo los mismos, es decir, iguales.
No quiero ser el aguafiestas porque muchos creemos que todo es una finta de la humanidad hacia la misma humanidad, todos quieren venderse y comprarse a sí mismos la idea de los consabidos propósitos y no hablemos de la gran variedad de ellos; cuando digo que los días seguirán siendo los mismos no lo digo porque de manera intrínseca crea que deban serlo o porque la desesperanza rija, lo digo porque lo que hace la diferencia en este tema de los propósitos es la voluntad y no es necesario ser un genio para saber que las voluntades serán las mismas, aunque cambiemos calendarios y nos inventemos propósitos.
Creo que pocos son los que pueden y quieren sincerarse consigo mismos y reflexionar sobre las cosas de mayor valor y con mayor valor, o aquellas que más deberían importar. Los que logran hacerlo puedo asegurar que no necesitan de un 31 de diciembre, ni de una fiesta, ni de una euforia nisiquiera lejanamente parecida a la de fin de año para hacer lo que tienen que hacer.
Hace unos meses dije espontáneamente una frase: Siempre es bueno tener una razón para empezar el día. Es posible, debo aceptar, que haya leído la frase en algún sitio, pero aquí el problema o el caso no es la autoría, en ese momento lo dije porque la persona con quien hablaba me comentó que había empezado el día con una razón que creía como insignificante. Acepto que la razón de la que me habló no me parecio la más alta, heróica, intelectual o altruista que podía existir, pero finalmente, es mejor hacerse de razones para empezar el día todos los días, no necesariamente habremos de conquistar el mundo a diario con las razones más espectaculares; creo que al final de todas esas pequeñas razones, antes bien, nos conquistamos a nosotros mismos y así encontramos aquello que nos hace sacarle jugo a la vida, sólo hay que sincerarnos con nosotros mismos.
No sé porque en el momento que pensé en escribir esto sentí la sensación de una humanidad esclavizada con números: precios, ofertas, deudas, pagos, cuestas, estadísticas… cifras, cifras y más cifras. Y es verdad que en este mundo todo son matemáticas y números, pero ya saben a que me estoy refiriendo.
En fin, renovarse no debe ser un suceso confinado a una fecha específica.
Por último, soy grinch pero aprecio a mucha gente, les dejo aquí un abrazo para quien lo quiera aceptar, ¡¡es gratis!!. Espero que encuentren a lo largo del año sus mejores razones y que en cuanto encuentren algo, lo conserven, desarrollen, adapten y apliquen a sus necesidades y ¿porqué no?, a las de los demás; espero que puedan encontrar y aceptar sus defectos -si no los conocen- y que puedan hacer un esfuerzo para lidiar con ellos y sobrellevarlos, háganlo también con sus virtudes; cuando deban regalar algo, busquen algo pequeño y llenen el resto de la necesidad con tiempo, personalmente valoro más el tiempo que la cosa material, sobretodo en estos tiempos y en esta caótica ciudad, pero sean sinceros y en lo posible no regalen a quien no deben; no regale esperando que le paguen. Hablando de pagas, ojo, no mida su éxito en dineros, al final de su vida puede descubrir que ganó lo que no necesitaba. Si va a amar, no sea marro, áme en serio, sino sabe lo que quiere, analícese, sino sabe lo que tiene, dése cuenta. También espero que los que sueñen, sigan soñando, que como digo yo: sólo de los sueños que entretejen mi existencia sobrevivo.
Como nota: si aplica para usted, espero que considere no poner árbol natural al final del año, y no porque crea que las tradiciones sean malas, nótese que hablo de los árboles naturales, el planeta no tiene la culpa de nuestros caprichos, de por sí las lucecitas implican un verdadero pandemónium energético; si lo hace no se justifique con esa nefasta razón de que los árboles naturales que se venden en navidad se siembran con el fin de ser talados. Háganme el fabrón cavor. A ver, ¿cuántos de esos árboles sembró usted?, o mejor aún, ¿porqué no tiene un hijo y lo vende como paquete de órganos?.











