El Ermitaño
Vive solo en su guarida,
sin voz ni presencia
que someta el ruido
de su anónima existencia,
que aunque incierta,
está sin números
ni etiquetas
y sin más constancia del tiempo
que aquella que retumba
en sus memorias.
En la trinchera perfecta
permanece
y elucubra con mirada humeda…
pernocta cavilante
en la aridez de la ausencia
que lo encierra.











