El eterno retorno

Enero 13th, 2008 | Por las sendas de: Narración y Cuento

Paseaba por ahí, como solía hacer todos los días en busca de ese desconocido alguien, el gris pavimento se reflejaba inanimado sobre su particular rostro difuminando una ligera capa de humedad producto del aguanieve, sentía la vista irritada pese a la casi inexistente polución en el ambiente y parecía que sabía, sin duda, que a esas alturas, le sería imposible cambiar cualquier cosa de su historia o de la de alguien más, fuese por arrepentimiento, por capricho o por buena voluntad.

Como siempre, además, vagaba solo y de alguna manera trataba de ignorar la sensación de escalofrío que ese ambiente de invierno provocaba en su ya vieja, ligera y a veces casi inadvertible escencia; no sabía a ciencia cierta, cómo un extraño que por casualidad milagrosa lo llegara a notar entre el tumulto, le abrazaría, le pediría unas palabras y caminaría con él hacia un momento del pasado, o del futuro, en una especie de gesto de solidaridad; entonces se enorgullecería de sí haciéndose pasar por máquina del tiempo; curiosamente notó que únicamente los niños mas pequeños siempre le veían y hasta le sonreían, eso sí, con un aire de timidez; también notó hasta entonces que cuando parecíanse animados a por fin tocarle o decirle algo, eran arrastrados por sus padres, que no se percataban de lo que sucedía a sus pies, todo en una especie de síndrome al que no podía etiquetar.

Extrañado, no sabía si su aspecto ausente o su cada vez mas inadvertible tamaño, lo hacían incomprensible; llegó a dudar de su propia existencia creyéndose apenas una fantasía infantil o un desgastado producto de la imaginación colectiva fundada en milenarias morales y mutada a través del tiempo. Con todo, en cierto modo envidiaba entre su bondad a la coca-cola, los marlboro rojos y la televisión, todo ya, era mediático.

Estaba en sus elucubraciones mientras observaba un aparador en el que intentaba desenmascarar una engañosa oferta, cuando se hizo de noche y de pronto, un tumulto lo arrolló y apenas alcanzó a divisar en el cielo unas extrañas luces, escuchó entonces también un ruido ensordecedor que provenía de todas partes y de ningún lugar, todo era una orgía de luz y sonido que parecía hipnotizar; los pies de mil desconocidos transitaron encima de él cuando escuchó una serie de explosiones y al fin creyó temeroso que una guerra había estallado, que el fin al que tanto temía, había llegado. Supo en un brevísimo instante que lo que le abrumaba no era el temor al final de la existencia, sino al fracaso de su intrínseca misión.

Perdió así el conocimiento entre el caos que lo tragaba todo.

Hubo después silencio y quietud, pequeños trozos de papel multicolor parecían transitar la calle y también se escuchaba de vez en cuando el ruido de alguna botella de vidrio rodando tímida sobre el pavimento, solo era la acción propulsora un viento que calaba los huesos.

Pasó largo rato antes de que se recuperara de aquel trance y cuando volvió en sí, la calle seguía desierta; el aire le parecía menos enrarecido y aún mas frío de lo que podía recordar que había sido unas horas antes. No recordaba del todo lo ocurrido y pretendía levantarse de ese obligado letargo; adolorido de todo el cuerpo y entumido, se quejó. Parecía que tenía un grave mareo pero no podía describir la verdadera sensación que tenía. -¿Porqué a mí?-, pensó en un susurro y una fuerza que no sabía de donde provenía, contuvo sus movimientos; estaba exahusto y decidio esperar unos momentos para recuperarse.

En un acto de incercia comenzó de nuevo a pensar en el mismo punto en el que se había quedado horas antes, aunque no comprendió porqué pensaba en un aparador al que no podía ver ni recordar haber visto y quiso moverse nuevamente sin poderlo hacer. Le parecía completamente incomprensible la situación y hasta entonces, sin saber como, comenzó a recordar que durante su desmayo, tuvo un sueño que lo dejo perplejo.

En su sueño, había sido un niño, de gran sonrisa, tenía un hermano con quien jugaba a ser vaquero, o pirata; en esa niñez, también recordaba -como si tuviese casi en sus manos- aquel gato al que depués, con tristeza, vería morir. Recordó también que en su sueño, creció y al paso de unos años se sintió agobiado por la vida, por el mundo; el sentimiento de agobio tornóse entonces en una guerra por obtener cualquier deseo que pudiera imaginar un mortal, en su condición de hueso y músculo dentro del universo, no podía existir nada que envidiáse o su razón de vida fallaría; también soñó que había tenido mil mujeres, aunque no las recordaba, pero era libre. Su historia dio un nuevo vuelco en el que el mundo acababa sin que el se enteráse y que al final de esa rapidísima historia, tenía 100 años y llegaba a una casa con una mesa de caoba labrada en tiempos de Luis XV, soñó más que eso, soñó que compraba ese día todo lo que estaba en oferta, y lo que no también, soñóse dueño del mundo, de los oceános e islas con todos los edificios que contenían. Soñó que estaba solo. Y Se vió.

Fue todo sumamente extraño y quiso levantarse por tercer ocasión, pero sintió que la misma fuerza desconocida de antes, se lo impedía. Y pensó. Pensó que estaba inválido, que algún golpe entre aquel tumulto le había dejado en su nueva y deplorable condición, pero no comprendía como podía ser, era eso injusto para el porque en realidad no tenía cuerpo y solo era un ente que deambulába en busca de un alguien desconocido.

Pero, un momento, se percató entonces de que tenía un cuerpo, aunque no era nuevo. Era un hombre y comprendió qué sucedía. Se dió cuenta de que al final, aquella guerra no había sido mas que una representación del bombardeo al que se había visto expuesto el espíritu de su nuevo dueño en ese mundo, supo entonces también que no había sido un sueño, que solo era el recuerdo que vivía lejano en aquel cuerpo, comprendió que ya no iba a ser más un espíritu suelto.

En un acto mágico, la parte hombre fue reanimada por la parte espíritu y ambas se incorporaron y mezclaron en esa nueva dualidad, se movieron juntas y el cuerpo se levanto, la parte espíritu comprendió que su nueva parte hombre había fallado, la parte cuerpo, que su parte espíritu renacía al fin y el binomio se sintió culpa y victoria a la vez. La parte cuerpo buscó sus llaves, pero no tenía su saco, ni su Bentley pero no le importó. Sintió frío y un temblor que no sentía hacía mucho, lo llamó. No era el celular. Pero comprendió en el subconsciente lo que pasaba.

Caminó unas horas y llego a una humilde casa, no entendió bien como había recorrido aquel camino, todo le era viejo y nuevo a la vez. Dudó un instante pero al final, tocó a la puerta donde un señor y una señora, ambos de avanzada edad, abrieron la puerta y en un golpe de alegría, le abrazaron sin decir palabra. En ese instante, un infarto lo mató desvaneciendo su cuerpo.

El espíritu, suelto otra vez, reinició nuevamente su misión de búsqueda, queriendo encontrar a alguien que como éste y otros anteriores, perpetuaran el sentido de su inaparente existencia. Después de todo, tenía otra vez una esperanza.

Por ahm; 03:29 hrs. ~ No hay huellas