Las nubes, las hojas, el hombre

Salió ese día, temprano, sin rumbo. Anduvo hasta tarde y comenzó a divagar hasta que se detuvo dándose cuenta de que la nube camina como el hombre, también el cúmulo de hojas camina como el hombre: un viento les mueve como la razón mueve al hombre. Y vió que una nube era tan anaranjada como las hojas secas y como el color del hambre. Quiso alimentar su alma con aquella develación pero perdió el hilo entre tanto pensamiento como cuando la efervescencia de un golpe de calor nubla la vista. Al instante, una ráfaga de viento pasó y removió el filosófico cúmulo de hojas sobre el que se había detenido, el piso estaba limpio, alzó luego la vista y ahogó la voz, la nube tampoco estaba. Siguió su camino aunque nadie volvió a verle.
El barco
Se desliza frágil y desesperado por el agua
extendiendo velas percudidas ante el sol,
rozan suavemente su delgada manga
las olas que presiente el corazón,
con apenas unos metros la pequeña eslora
flota y sueña a toda hora sin razón.
Se acompaña siempre de gaviotas peregrinas
por amaneceres tranquilos, amarillos,
y la cálida esperanza le moja con las brisas
mientras busca susurrante en viejos puertos,
entonces se detiene a descansar al medio día
para no quebrar la quilla en sus delirios.
Luego, melancólico, surca atardeceres,
persigue el horizonte diariamente
y le revientan día a día entre las corrientes,
mar y viento que en cubierta son su azote,
mientras busca incesante las razones
que estarán en un lugar inexistente.
Y le grita al final, ya de noche y angustiado,
a una luna que observa el mar embravecido,
no cede y es que no se sabe aun perdido,
le pregunta solo el rumbo, pequeñito,
solo crujen sus mampáros, sus sentidos,
solo es que ya naufraga o ya esta hundido.











